Poco antes de las diez de la mañana, un goteo de vecinos comenzaba a reunirse junto a la puerta principal del Cementerio Municipal de Nuestra Señora del Carmen. Algunos acudían movidos por la curiosidad histórica; otros, por el deseo de escuchar las explicaciones de Juan Cánovas Mulero; muchos, sencillamente, porque entre aquellas calles de cipreses y mármol descansan familiares, amigos y buena parte de la memoria sentimental de Totana.
La visita guiada, organizada este 16 de mayo con motivo del Día Internacional de los Museos, terminó convirtiéndose en mucho más que un recorrido patrimonial. Fue una conversación sobre la historia, la muerte, las epidemias, las tradiciones y las personas que dieron forma a la identidad de la ciudad.
Antes incluso de comenzar el recorrido, el propio cronista oficial bromeaba con los asistentes sobre el esfuerzo de madrugar un sábado para acudir al cementerio, provocando las primeras sonrisas del grupo. Ese tono cercano y humano acompañaría toda la mañana.
Bajo el arco principal de entrada, Juan Cánovas inició la visita recordando un diálogo de la novela Marina, de Carlos Ruiz Zafón. En ella, un personaje pregunta ante un cementerio: "Aquí no hay nada." Y el otro responde: "Aquí están los recuerdos, las emociones, las vivencias, los anhelos de quienes nos precedieron." El cronista lo resumió con una frase propia: "Recordar es pasar otra vez por el corazón." Desde el primer momento quedó claro el sentido profundo de la actividad.
Un cementerio pensado para la luz y el equilibrio
La primera parada sirvió para explicar los orígenes del camposanto actual, cuyo diseño comenzó a gestarse en 1882. El encargado del proyecto fue el arquitecto hellinero Justo Millán Espinosa, arquitecto diocesano de gran prestigio que también participó en importantes obras de la Región de Murcia, entre ellas trabajos vinculados al Teatro Romea.
Mientras los asistentes observaban la portada principal y la estructura del recinto, Cánovas explicó que el proyecto original era mucho más ambicioso y monumental que el finalmente ejecutado. Millán había concebido un cementerio historicista, de inspiración romántica, con abundantes elementos neogóticos y neobizantinos, una portada suntuosa llena de simbolismos y una capilla neobizantina de gran empaque. Sin embargo, las limitaciones económicas de la Totana de finales del siglo XIX obligaron a simplificar enormemente las formas. La reja de entrada, por ejemplo, fue fabricada por un herrero de Murcia y posteriormente reformada y adaptada por un totanero.
Aun así, el resultado mantiene buena parte de la filosofía inicial: calles amplias, disposición rectangular, espacios aireados y una sensación de equilibrio que buscaba alejar la imagen lúgubre tradicional asociada a los cementerios. "Justo Millán entendía este lugar como un espacio de reposo y serenidad", explicó el cronista mientras el grupo avanzaba lentamente por la avenida principal. La capilla, colocada en el centro geométrico del recinto, irradia esa fuerza hacia todos los enterramientos que la rodean. Actualmente está pendiente de restauración. En su interior se conserva un crucifijo obra de Juan José Díaz Ortega, bisabuelo del escultor Antonio, "muy dulce, muy sereno, una pieza bastante interesante", en palabras del cronista.
El impulsor definitivo del proyecto fue el alcalde y médico Antonio Camacho Mora, que defendió la necesidad de construir un cementerio moderno en una zona ventilada y alejada del casco urbano, aprovechando los vientos de la Costera para evitar posibles problemas sanitarios derivados de las emanaciones de los cadáveres, una preocupación muy presente en aquella época. La primera tentativa había sido en el entorno de San José, pero los vientos dominantes hacia el casco urbano lo desaconsejaron.
El cementerio se bendijo en marzo de 1885, fecha del primer enterramiento. Actualmente, tras varias ampliaciones realizadas a lo largo del siglo XX —en 1938, en los años setenta y en los noventa— el recinto supera los 41.000 metros cuadrados.
De Santiago a La Ramblica: siglos de enterramientos
Uno de los aspectos que más interés despertó entre los asistentes fue la explicación sobre cómo habían evolucionado los enterramientos en Totana a lo largo de los siglos.
Juan Cánovas recordó que, tras el descenso de la población desde Aledo hacia el valle, los primeros enterramientos vinculados a la nueva Totana se realizaron junto a la antigua ermita de Santiago, donde también existió el primer hospital de la localidad. "Lo primero que hace Totana al bajar de Aledo es bajarse el hospital", señaló el cronista, destacando la importancia simbólica y humana de aquel gesto. Aquel pequeño hospital medieval, mantenido gracias a las limosnas de los vecinos, acogía a viudas, peregrinos y personas necesitadas.
Más adelante, entre 1567 y 1811, los enterramientos pasaron a realizarse en el interior del actual Templo de Santiago, una práctica habitual durante siglos pese a que ya en el siglo XVIII Carlos III había prohibido sepultar en las iglesias por motivos de salud pública. "Pesaba más la idea de descansar en lugar sagrado", explicó Cánovas. Bajo el suelo de la iglesia de Santiago, recordó el cronista, hay "toneladas" de restos acumulados durante siglos, incluyendo los enterramientos bajo lo que hoy es el acceso al coro.
Durante las epidemias, sin embargo, la situación cambiaba. Entonces los enterramientos se realizaban fuera del núcleo urbano, especialmente en el entorno del raso de Santa Lucía —antes llamado cabezo de la mezquita— y en el llamado "bancal de los muertos", situado cerca del actual camping, por donde discurre un camino paralelo a la carretera de Lorca. En ese mismo entorno del camping estaba también el lazareto donde se realizaba la cuarentena a los viajeros procedentes de Andalucía. "Imaginaos lo que eran aquellos barracones de zarzos", comentaba Cánovas, comparando aquella miseria con los confinamientos modernos que la pandemia trajo a la memoria de todos los presentes.
La explicación derivó inevitablemente hacia las epidemias históricas. El cronista recordó cómo antiguamente, durante los brotes, la población se reunía precisamente para hacer rogativas, favoreciendo sin saberlo la propagación de los contagios. "No tenían nuestros conocimientos sanitarios actuales", señalaba con comprensión.
Fue finalmente la epidemia de fiebre amarilla de 1811 la que obligó definitivamente a trasladar los enterramientos fuera de la iglesia. Así nació el cementerio de La Ramblica, ubicado donde hoy se encuentra el recinto ferial, y que permaneció activo hasta 1885, año en que comenzaron los enterramientos en el actual cementerio de la Costera. Cánovas recordó que cuando se construyó una guardería en aquella zona aparecieron restos, y que en las excavaciones de los alrededores siguen aflorando ocasionalmente.
Los grandes panteones y la huella de las familias históricas
La visita continuó por la calle principal, donde se levantan los panteones de las familias más influyentes de la Totana de finales del siglo XIX y principios del XX. "En la muerte también se refleja la realidad económica de la vida", resumió el cronista, recordando la anécdota del Papa Francisco que citaba a su abuela: "La mortaja no tiene bolsillos. ¿Para qué tanto?"
El grupo se detuvo primero ante el llamativo panteón amarillo de estilo neogótico perteneciente a la familia Cayuela. Allí reposan, entre otros, el médico Jerónimo Martínez, muy preocupado por las cuestiones higiénicas de la época y defensor del traslado de la Balsa Vieja por considerarla un foco de infección; su hijo, que fue alcalde de Totana; y Alfonso "el Casto", personaje muy conocido en Totana por sus inquietudes artísticas, propietario del huerto del Pastelero, y fallecido durante la Guerra Civil. También descansa en este panteón Sor Virginia Pedniva Mascarúa, religiosa mexicana fallecida en Totana tras desarrollar una intensa labor hospitalaria y a quien muchos vecinos atribuyeron fama de santidad.
A pocos metros, otro mausoleo captaba inmediatamente la atención de los asistentes por sus formas orientales y su estética poco habitual dentro del conjunto del cementerio. Se trata del panteón del general Ángel Aznar y Butigieg, nacido en Cartagena en 1847, hijo de padre totanero, estrechamente vinculado a la monarquía de Isabel II —quien desde el exilio reconocía su lealtad— y nombrado ministro de la Guerra en 1910 durante el gobierno de Canalejas y el reinado de Alfonso XIII. Tras fallecer en Madrid en 1924, el general expresó su deseo de ser enterrado en Totana. Su traslado en tren y el posterior funeral, con ceremonial en el Templo de Santiago, movilizaron a buena parte de la población, y la prensa de la época lo recogió ampliamente.
Muy cerca se encuentra también el mausoleo de Pedro Diego Morales, levantado en torno a 1911 para albergar los restos de su hermana Salvadora. Sus cúpulas y formas exóticas vuelven a romper la estética neogótica predominante. Morales, funcionario municipal de carácter emprendedor que hizo fortuna en Totana, murió soltero y sin descendencia directa.
Durante el recorrido aparecieron constantemente referencias a familias ligadas al auge económico de Totana gracias a la exportación de naranja y a la industria conservera. Se mencionaron los panteones de los Sánchez Plaza, Sánchez Guevara o Fontana, mientras algunos asistentes compartían recuerdos y parentescos familiares. El ambiente, por momentos, adquiría el tono de una conversación sobre la memoria de la localidad.
Especial interés despertó la figura de José Sánchez Plaza, impulsor de la conservera "La Totanera", antecedente de la posterior fábrica de conservas Triptolemos. En su panteón se conservan retratos suyos y de su esposa, y en la revista Totana, ciudad de 1918 puede verse una fotografía del interior de la fábrica con él presente. Según explicó Cánovas, fue un hombre con importantes inquietudes industriales, políticas y culturales.
La calle reservó también una pequeña sorpresa: la tumba de Pilar Crespo, poetisa totanera de entre finales del XIX y principios del XX, cuya obra ha sido parcialmente recopilada y estudiada en Cuadernos de la Santa. "Hay más poemas de los que se creía", apuntó Cánovas, lamentando que los descendientes actuales, que viven en Granada, hayan perdido casi toda conexión con el legado de su antepasada.
José María Munuera: el hombre que escribió la historia de Totana
Uno de los momentos más detenidos de la visita tuvo lugar ante el panteón de José María Munuera y Abadía, considerado el primer gran historiador científico de Totana y nombrado hijo adoptivo de la ciudad en el año 2000.
Nacido en Mazarrón, Munuera llegó inicialmente como maestro antes de convertirse en procurador de los tribunales, especialmente vinculado a los numerosos litigios relacionados con la actividad minera. Sin embargo, su gran pasión fue la investigación histórica. A lo largo de los años fue publicando capítulos de la historia local en la prensa, a través de la imprenta de Fernando Navarro, y en 1916 todos ellos se recopilaron en el primer libro de historia documentada de Totana, "con bastante rigor científico para la época", en palabras del cronista.
El Ayuntamiento cuida actualmente su panteón, dado que la línea de descendientes prácticamente se extinguió. Su hijo Juan Pedro fue músico militar que terminó en Ciudad Real; otro hijo fue sacerdote; y los escasos nietos apenas mantuvieron conexión con Totana. Hace unos años, una nieta donó al Ayuntamiento el archivo personal del investigador, incluyendo manuscritos inéditos, fotografías y documentación de enorme valor histórico. "Hay muchas cosas que no están publicadas, escritas a mano, pero una cosa valiosísima", señaló Cánovas, aprovechando para hacer un llamamiento a cualquier vecino que conserve documentos o fotografías antiguas: "Las cosas que no se digitalizan, se pierden."
Pintores, fotógrafos y poetas bajo el mármol
La ruta avanzó después hacia las tumbas de algunos artistas fundamentales para la cultura totanera.
Entre ellos se encuentra Tomás Andreo, conocido popularmente como "Tomásico", pintor formado en Madrid cuya carrera quedó truncada por la guerra y la enfermedad. Falleció en 1938 dejando obras repartidas por viviendas señoriales y edificios religiosos de la localidad, algunas de las cuales han desaparecido junto con las casas que las albergaban.
Muy cerca de la capilla reposan también los restos de Fernando Navarro, fotógrafo e impresor cuya obra constituye hoy una auténtica memoria visual de la Totana de finales del siglo XIX y principios del XX. "Su archivo fotográfico es supervalioso", insistió el cronista. Navarro regentó además la única imprenta que tuvo Totana durante mucho tiempo, desde cuyas prensas salió precisamente el libro de Munuera.
En la misma zona descansa también Emilio Mora, poeta totanero de enorme gracia y cercanía, cuya obra recoge con humor y lenguaje popular las realidades de su época. Trabajó como administrativo municipal y también regentó empresas de tejería y ladrillo. Nacido en Águilas pero vinculado a Totana desde niño, murió en 1916. Parte de su obra fue destruida por la propia familia, que consideró que algunos textos faltaban al respeto a asuntos demasiado serios. Con todo, conservamos un legado importante, recopilado entre otros por Ginés Rosa y estudiado más recientemente por Juan Antonio Fernández Rubio en Cuadernos de la Santa. El Ayuntamiento restauró su tumba al quedar sin herederos que la mantuvieran.
Rogelio Inchaurrandieta y el descubrimiento de La Bastida
Otro de los puntos destacados del recorrido fue la parada ante la tumba de Rogelio Inchaurrandieta, rodeada por una antigua estructura de hierro forjado típica de otras épocas, que el Ayuntamiento restauró recientemente.
Ingeniero de montes y caminos, nacido en Granada, Inchaurrandieta se instaló en Totana buscando el clima favorable para la salud, y terminó convirtiéndose en el primer investigador que estudió científicamente el yacimiento de La Bastida. Juan Cánovas recordó que sus investigaciones fueron incluso anteriores a las de los hermanos Siret en Almería, aunque estos publicaron antes sus hallazgos. "Probablemente la cultura argárica podría haberse llamado cultura de La Bastida", explicó. El Ayuntamiento reconoció su labor colocando una placa conmemorativa en 2003.
Los capuchinos y la profunda huella franciscana
La visita pasó también junto al panteón de los Padres Capuchinos, donado por el Ayuntamiento a la orden en reconocimiento de su labor. El cronista recordó que los primeros franciscanos alcantarinos llegaron en 1602 llevando una vida de enorme austeridad. Tras las desamortizaciones del siglo XIX desaparecieron temporalmente, hasta que un sacerdote totanero cedió nuevamente el convento a la orden capuchina, que llegó en torno a 1899.
Desde entonces, figuras como el Padre Ángel de Novelé, el Padre Crisóstomo o el Padre Buenaventura —impulsado por el Padre Melchor de Benisa y referente cultural en todo el Levante— dejaron una huella imborrable en varias generaciones de totaneros. "Muchos no nacieron aquí, pero se enamoraron de Totana y terminaron formando parte de su identidad", resumió Cánovas.
"La Gloria": el momento más emotivo de la mañana
El silencio se hizo especialmente intenso cuando el grupo llegó a la zona conocida como "La Gloria", dedicada antiguamente a los enterramientos infantiles.
Allí apenas permanecen ya algunas lápidas de finales del siglo XIX, testigos mudos de una época marcada por las elevadísimas tasas de mortalidad infantil. Problemas de dentición, diarreas, infecciones o enfermedades respiratorias podían acabar entonces con la vida de muchos niños en apenas unos días. Las fechas grabadas en las piedras que aún quedan en pie lo confirman con una crudeza sobria: uno de los enterramientos que aún se conserva corresponde a un niño de cuatro años.
En ese lugar, Juan Cánovas pidió a una de las asistentes, Dolores Lario, que leyera un poema de Emilio Mora escrito en 1888. Mientras la voz de Dolores resonaba entre las calles del cementerio, el ambiente cambió por completo.
"La nieve sobre las fosas extiende su helado manto…"
El poema narra cómo una pareja entrega al enterrador el cuerpo de su hijo para ser sepultado de limosna en un día de nieve. La crudeza de los versos, unida al escenario en el que eran leídos, provocó uno de los momentos más conmovedores de toda la mañana.
"Con el llanto que derrama derrite la blanca nieve."
Durante unos segundos nadie habló.
Memoria de la Guerra Civil
La parte final del recorrido condujo al grupo hasta la zona donde se produjeron fusilamientos tras la Guerra Civil.
Allí, el cronista explicó cómo las investigaciones realizadas por Alfonso Cayuela y el análisis de antiguas fotografías aéreas permitieron localizar con bastante exactitud el lugar donde se encontraba la antigua tapia del cementerio, junto a la cual se produjeron los fusilamientos al acabar la contienda. Actualmente varias placas recuerdan a las víctimas identificadas, en un ejercicio de memoria histórica desarrollado desde el respeto y el rigor documental.
También se recordó el destino de los tres sacerdotes asesinados en enero de 1937 en la cárcel local y posteriormente beatificados, cuyos restos descansan hoy en la Iglesia de Santiago, bajo la capilla del Carmen.
Cánovas fue cuidadoso en su tratamiento del episodio: "Yo no quiero juzgar estas cosas. Hubo disparates en los dos bandos. Todos nos equivocamos." La conversación derivó igualmente hacia las antiguas fosas comunes, los traslados de restos desde otros cementerios históricos y espacios desaparecidos como la antigua sala de autopsias o la vivienda del guarda, actualmente en ruinas.
La Dolorosa y el cementerio del presente
La visita concluyó en la zona más moderna del recinto, donde desde finales de los años noventa comenzaron a construirse los actuales nichos en altura, una fórmula poco habitual hasta entonces en Totana, tradicionalmente más vinculada a los enterramientos en tierra. "En Lorca eran muy frecuentes, pero aquí no", recordó el cronista. La conexión con la tierra tiene además un peso simbólico: en los testamentos históricos de Totana, los vecinos solían escribir que querían ser sepultados "en la tierra de donde fui formado."
Presidiendo este espacio se encuentra la imagen de la Dolorosa, obra del escultor murciano Anastasio Martínez Valcárcel, donada a través de los Padres Capuchinos en la década de 1980 como reconocimiento al pueblo de Totana y homenaje a todas las madres que pierden a un hijo.
Mientras el grupo observaba la escultura, Juan Cánovas explicó que la obra pretende reflejar el desgarro y la angustia de esas madres. "No es la Dolorosa clásica. Tiene una mirada que parece lanzar continuamente una pregunta a la vida. ¿Por qué? ¿Por qué?"
A esas alturas de la mañana, muchos asistentes continuaban conversando entre ellos, compartiendo recuerdos familiares, nombres conocidos o anécdotas relacionadas con las personas mencionadas durante la visita. El recorrido terminó con felicitación conjunta dedicado a Juan Cánovas Mulero por su capacidad para transformar una simple visita guiada en un profundo viaje por la historia y el alma de Totana.
Algunos vecinos permanecieron todavía unos minutos recorriendo las calles del cementerio en silencio antes de marcharse. Porque, como recordó el propio cronista al inicio de la mañana, los cementerios no son únicamente lugares vinculados a la muerte. Son también espacios donde sobreviven los recuerdos, las emociones y la memoria de un pueblo entero.
























